Todas y todos vamos en el mismo barco (II)

Uno de los puntos más negativos del decreto en educación y universidades del pasado mes de abril (RDL 14/2012) es el aumento de tasas universitarias. Esta medida afecta a todos los estudiantes pero especialmente a los más vulnerables. La justificación recae en que el Estado o la Generalitat debe subsidiar cada vez menos la educación universitaria. Este discurso está no sólo presente en el equipo del ministro Wert y de alguno de sus asesores. También lo hemos oído en Catalunya en palabras del conseller Mas-Collell o leído en artículos de colegas suyos como Caroline Hoxby y Eric Hanushek, senior fellows aquí en Stanford. La lógica es la siguiente: no tiene sentido que los estudiantes con más renta paguen lo mismo o nada que aquellos y aquellas que no tienen. La aportación se centra en el supósito que la universidad sirve, en gran mayoría, a las clases medias y altas y el resto de la sociedad -que desde esta óptica no se beneficia de ella- no tendría porque subsidiarles. Otra premisa que sustenta este paradigma es que la obtención de una educación universitaria es más un bien privado que público.

Este mismo debate estuvo encima de la mesa del congreso en los Estados Unidos durante los setenta después de un período intenso de expansión de la universidad entre las clases medias y más humildes des del fin de la segunda guerra mundial. Después de la crisis de los setenta, una de las decisiones más importantes que se tomaron fue, desde la lógica anteriormente destacada, reducir la aportación pública del Estado(s) en las universidades estatales, una situación que se ha agravado intensamente en los últimos cuatro años como describe Michael Burawoy.

La subida de precios en la matrícula no solo supuso el endeudamiento de muchos estudiantes -auspiciada sobretodo por la dinámica inflacionista que tuvieron las matrículas e impulsada por los lobbies de la banca. Lo que es más grave es que supone la pérdida del 0.25% de los estudiantes por cada $100 que aumenta la matrícula según Helmet y Marcotte. En términos de la reforma de Wert, si las tasas aumentan 600 euros, de un año para el otro, las universidades contarían con un 1,5% de los estudiantes que tienen nota y pueden acceder a la universidad pero que no pueden permitírselo. Estos casos suceden aunque el Estado les avale el crédito. ¿No tendría nuestro sistema que evitar que ni una sola persona se encontrara en dicha situación? ¿Las becas podrían ser la solución? Ese precisamente era el debate en los Estados Unidos en su momento. Las becas parecían la solución pero el resultado fue una elevada inflación y un endeudamiento creciente de los estudiantes, especialmente de aquellas y aquellos que provienen de las familias más humildes. Además de todo ello también nos podemos preguntar si no tenemos bastante con la deuda privada de la que ya carreamos en nuestra sociedad.

El debate de Estados Unidos en los setenta llegó a Europa en el año 2006. Por entonces, la red de expertos en Economía de la Educación, realizó un meeting en Bruselas debatiendo la posibilidad de algunos de los presentes de dejar de invertir en la educación universitaria para poner más esfuerzos en la educación temprana en la lógica del decreto Wert. En aquel meeting Ramón Flecha, destacó la necesidad de no reducir la educación universitaria a un bien privado sino de cambiar de paradigma considerándola un bien público y teniendo en cuenta las evidencias empíricas aportadas por los países más equitativos y con más éxito del mundo. Un ejemplo es el caso de Finlandia donde la matrícula es gratuita. Hay evidencias que muestran que Equidad y Eficiencia no están reñidas y que el aumento de las tasas universitarias no se correlaciona con más equidad y excelencia. Pensemos en aquellos y aquellas que más lo necesitan porque la calidad del sistema universitario depende enormemente de su acceso y sus contribuciones. No permitamos que embarguen nuestro futuro ni el de las próximas generaciones.

Todas y todos vamos en el mismo barco (I)

El pasado 21 de abril, el gobierno Rajoy decretaba la modificación de varios artículos de la LOU (RDL 14/2012). Este decreto, propuesto por el ministro Wert, supone cambios sustanciales en el precio público de los grados y másteres, la dedicación del profesorado y el número de grados que se ofertarán en el futuro. Uno de los debates sobre dicho “decretazo” lanzado sin previo diálogo con los agentes sociales (representantes sindicales y universidades) ha girado especialmente en torno a la dedicación del profesorado. Algunos, como Mariano Fernández Enguita (link al artículo Bien por el 68, esta vez con Wert), se han unido a la fiesta de la austeridad argumentando que, según él, es bueno “penalizar a los peores” así como reconocer el “prestigio de unos “pocos” que hasta día de hoy parecían disfrutar de pocos privilegios. Tal como destaca Fernández Enguita “Ése es el acierto: premiar y penalizar.. en una institución que el esfuerzo y el logro depende en alto grado de la voluntad y de la ética individuales”. Si eso fuera cierto, muchos de los jóvenes profesores e investigadores que se están quedando fuera del sistema y que se van a quedar en breve por dicha medida tendrían la promoción y el futuro asegurado en la universidad. Sólo basta con mirar los curriculums y observar cuantos artículos JCR en revistas de primer cuartil tienen muchos jóvenes que, con muchas trabas, están intentando cambiar la universidad desde abajo. Muchos de los jóvenes hemos sacrificado nuestras vidas y mejores ofertas de trabajo por la ciencia, trabajando con pasión –fines de semana incluidos- por intentar aportar algún granito de arena a nuestra sociedad – ya sea en salvar vidas, mejorar nuestra vida cotidiana con nuevas tecnologías o contribuir al cambio educativo y social. Mientras tanto, algunos –por suerte no muchos- se lo miran desde su particular torre de marfil, sin preocupación por su futuro, puesto que no es el suyo. Por suerte, también hay muchos otros catedráticos/as, profesores y profesoras que ven con preocupación esta reforma e intentan apoyar a los investigadores junior aunque el barco haya comenzado a divisar el iceberg.

Hay que cambiar de rumbo, aún estamos a tiempo. Todos y todas estamos en el mismo barco y nos jugamos la universidad del futuro. Luchemos, salgamos a la calle, rebelémosnos y movilicémosnos no solo contra estas medidas sino también contra aquellos señores feudales universitarios que quieren vivir a costa de los demás, especialmente expulsando a los más vulnerables. Si no, corremos el riesgo de acelerar el rumbo hacía el iceberg y que algún día nos miremos y recordemos con tristeza el pasado público de nuestra universidad parafraseando el Va Pensiero de Verdi “Oh mia patria si bella e perduta!”

Marzo, 2011 – Protesta de la comunidad universitaria de Wisconsin Madison en el capitolio por una universidad pública de calidad